Arqueología Ferroviaria. Madrid y el entorno de Atocha en 1929

Para acabar el año, una imagen del pasado ferroviario.La estación de Atocha y su entorno a finales de los años 20. Para ver en tamaño mayor pulsar sobre ésta:

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Feliz 2012.

Y un artículo de la época, de una excursión, por la zona:

Dispuestos a continuar la excursión emprendida por el cinturón de la ciudad, llegamos a esta parte del Abroñigal que desde las proximidades del camino de Yeseros va señalando el término de Madrid con los limítrofes de Vallecas y Vicálvaro; pero antes de remontarnos por esos lugares empecemos por el punto de partida de este paseo de hoy, en que nos acompaña el activo concejal señor Arteaga, a quien hemos tenido la fortuna de encontrar en nuestro camino, y que se ha unido a la expedición muy gustoso.

Comienza, pues, nuestra ruta en la calle de Méndez Álvaro, casi frente al viejo cementerio de San Nicolás y San Sebastián. El panorama que se presenta a nuestra vista no puede ser más hermoso. Los que digan que Madrid está rodeado de eriales y pardas tierras debían venir aquí para contemplar esta exuberante huerta que se extiende desde donde estamos hasta la vía férrea de circunvalación, y que sigue luego desde el flamante Parque de Limpiezas, continuando por la derecha hasta La China, en término ya de VillaVerde, y por la izquierda, hasta el puente denominado de los Tres Ojos.

La espléndida huerta matritense nada tiene que envidiar a las feraces de Murcia y Valencia, y si bien echamos de menos aquí los granados, naranjos y limoneros, no falta, en cambio, el cultivo de la hortaliza en todas sus manifestaciones. Repollos, magníficas lombardas, frescas lechugas, todo, en fin, cuanto constituye la abundancia de una huerta cuando la naturaleza es propicia, y que basta casi para abastecer de sobra el mercado de una capital como Madrid. Pero, ¡ay! que nuestro entusiasmo ha durado bien poco al contemplar el sistema de riego que produce tal exuberancia y feracidad.

Por debajo de los talleres de la Compañía de Madrid, Zaragoza y Alicante desemboca el colector del Carcabón, que arrastra rugiente el gran caudal de aguas residuarias de las que se nutren diversas acequias destinadas a facilitar el riego de todas esas huertas. Y allí hemos podido ver cómo los hombres dedicados al trabajo lo hacen enfangados en aquellas pestilentes aguas, tan nocivas para la salud de ellos, como seguramente lo son todas las hortalizas que adquieren su savia de tan maléfica materia.

Verdad es que este sistema produce en abundancia, aumentando los beneficios de los propietarios de la tierra, alguno de los cuales se nos dice que no vendería su huerta por muchos miles de duros, lo cual es lógico si se tiene en cuenta que, debido a la calidad de las aguas, mejor diríamos inmundicias, con que se riegan son varias las cosechas que durante el año producen aquellos terrenos.

De la naturaleza del caudal que arrastra el Carcabón da fe el olor insoportable de su corriente, cuyo líquido en las primeras horas de la mañana es amarillento, trasformándose más tarde en grisáceo, y acabando por constituir una materia repugnante de color achocolatado. Nuestro amigo el concejal señor Arteaga se muestra indignado ante este espectáculo, y como nosotros, no concibe tampoco cómo es posible que se permita el aprovechamiento de estas aguas.

Pero hay más: cuando nos hacíamos estas reflexiones hemos podido advertir algo más grave, y es que cerca del puentecillo, o paso de la vía de circunvalación, unos hombres metidos dentro del cauce, con el agua cerca de la rodilla, se dedicaban a limpiar (¡!) las cubiertas de los odres destinados a envasar el aceite de unos depósitos, y alguien nos ha dicho que allí mismo, a otras horas, se enjuagan los odres mismos ¡Puede darse mayor desatino!

Después de tomar buena nota de todo esto hemos considerado también lo peligroso que resulta este colector al descubierto en las proximidades de unos talleres donde trabajan centenares de obreros, los cuales se ven obligados a respirar miasmas tan deletéreos.

He aquí, pues, el espectáculo que hemos podido apreciar al ver cómo el Carcabón, con su lecho de inmundicia, abre sus venas para regar pródigo la hermosa vega que constituyen las huertas madrileñas.

Poco más allá del Parque Municipal de Limpiezas, rota la bóveda del colector, nuevas derivaciones de aguas fecales sirven para regar las huertas sitas a ambos lados del camino de Yeseros hasta el término municipal de VillaVerde.

Queda atrás la actividad de la inmensa red ferroviaria, sobre la que trepidan trenes y silban locomotoras, y rodeando la altura del salto de Bolarque, seguimos el Abroñigal, y cruzando bajo el puente de los Tres Ojos, que levanta su mole ciclópea sobre las casas y huertas de Herrera, nos encontramos entre la California, que es término municipal de Madrid, del que ya en otra ocasión hemos hablado a nuestros lectores, y los animados barrios Obrero y de Entrevías, que se hallan ya enclavados en el término vallecano.

Por allí hemos llegado hasta el puente, y, dejando a nuestra derecha el camino que conduce al populoso barrio de Doña Carlota, emprendemos por la izquierda el curso del arroyo de las Moreras, lindante con la colonia de Frizt, para internarnos entre unas casuchas, especie de aduar, inmediatas a unos vertederos, donde unos hombres criban la basura, que el aire se encarga de esparcir por aquellos contornos.

Siguen luego peladas superficies que contrastan con alguna que otra finca dedicada a la floricultura, en medio de aquellos desiertos que semejan los áridos arenales de Asia y de África, y llegamos a la parte del término que linda con Vicálvaro. Nada de particular ofrece todo esto hasta llegar a la famosa huerta del Cordero, donde, después de haber cruzado por debajo del puente del ferrocarril de Arganda, penetramos por los tejares de Sixto en la miserable barriada que en otra ocasión denominábamos Las Jurdes de la Elipa. Junto al puente de este nombre hemos visitado unos grupos de casuchas o cubículos donde toda miseria tiene su asiento.

Aquellas pobres gentes nos reciben con cierta extrañeza, pues, aparte de nosotros, no sabemos que haya llegado hasta allí otra persona que se pueda interesar por ellos, como no sea el teniente alcalde del distrito, Sr. Miró y Trepat, quien nos consta que lo ha hecho para llevar a los infelices habitantes de esos míseros hogares el consuelo de un socorro.

Unas mujeres nos cuentan sus penalidades. Los maridos han de recorrer largas distancias para llevar a sus casas el sustento que les produce su rudo trabajo; la asistencia médica tienen que solicitarla de la Casa de Socorro, que dista varios kilómetros, y en cuanto a escuelas, los chicos han de acudir a unas establecidas por una institución católica en el lejano paseo de Ronda; pero esta asistencia cesa en cuanto empiezan las lluvias o cuando falta el calzado.

Una pobre madre nos presenta a una niña que por esta última razón ha dejado de asistir al colegio, y al recibir de nuestra mano el socorro para que lo adquiera llora de gratitud al coger las monedas, que quizá se vea precisada a emplear antes en alimento que en alpargatas.

Hemos pasado bajo el puente, que parece inclinarse ante tanta miseria; es el camino que en su día servirá para verificar la conducción de los cadáveres hasta la Necrópolis, cuya fúnebre cúpula asoma tras unos cerrillos por cuya falda corre el arroyo de la Elipa, entre chozas increíbles, donde la gente vive sabe Dios cómo. Nosotros seguimos el curso del Abroñigal, junto a las tapias de la famosa finca de la Fuente del Berro, llamada de Santa Marina; a la derecha se extienden unos campos sembrados de alfalfa y por allí hemos llegado al final de nuestra excursión, que termina en las Ventas del Espíritu Santo.

Nuestra impresión durante este largo paseo por esta parte del famoso arroyo no ha sido mejor que la que sacamos de la que hicimos hace poco desde aquí mismo hasta los Llanos; pero lo más importante de cuanto se ha ofrecido a nuestra vista está indudablemente en las famosas huertas que riegan las aguas residuarias de la capital, cuyo aprovechamiento debía de estar prohibido hace mucho tiempo, no ya por lo que significa el cultivo por ese procedimiento, sino por el peligro que supone para los mismos que se dedican a la labor con las piernas metidas dentro de las inmundicias, que en más de una ocasión, a causa de alguna rozadura o lesión, les ha hecho sufrir peligrosas infecciones.

¿Y qué hemos de decir del lavado de los envases para el aceite hecho con las aguas pestilentes llenas de inmundicias y detritus?

ENVIO: A las autoridades sanitarias, a las gubernativas, y al señor alcalde de Madrid, especialmente, que tanto se preocupa por estos problemas, llamamos la atención acerca de lo que más arriba denunciamos. Regar con aguas fecales las huertas que abastecen de verduras a Madrid es condenar a los madrileños a sufrir de modo permanente la endemia tifoidea. Limpiar los envases de aceite con las mismas aguas es un verdadero crimen de lesa higiene.

LA VOZ espera que se pondrá a tales abusos increíbles el remedio que reclama la salud pública.

LUIS BLANCO SORIA

(Diario “La Voz”, 27 de octubre de 1927, página 3: “El Madrid que Madrid no conoce”)

 

 

3 pensamientos en “Arqueología Ferroviaria. Madrid y el entorno de Atocha en 1929

  1. ¿No se decía que la nueva estación de Puebla se localizaba en las inmediaciones de Otero de Sanabria?
    ¿A cuánto asciende la inversión en la nueva estación?
    Si dispones de los datos, te agradezco nos lo digas
    Un saludo

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